El origen del Tag: Cornbread y TAKI 183
En un artículo que escribí en 2021 hablé de mi nombre artístico y mi tag, Corpz 187, cuyo número tiene un significado: no se trata del código 187 de la policía californiana (homicidio), sino algo más simple: corresponde al número de mi casa.
Entonces surge la pregunta: ¿en qué momento esta cultura del nombre + número apareció realmente?
Y ojo: no es lo mismo taggear tu nombre real que un apodo. “Renzo 187” sería solo un nombre pintado en la calle; una identidad creada o un alias, en cambio, es lo que da vida al graffiti moderno.
Tag = la firma de un escritor de graffiti: apodo o alias trazado de forma rápida y repetitiva en el espacio público.
Graffiti moderno = pintado rápido, con marcador o aerosol, en la calle y sin permiso. Esa es la raíz, la esencia. Si lo haces pidiendo permiso, es muralismo, no graffiti.

Raíces del tag: dos firmas que marcaron historia
Aunque el graffiti tiene raíces milenarias —desde inscripciones en Pompeya hasta firmas como Kilroy was here o los trazos de Kyselak en la Viena imperial—, las primeras huellas modernas del tag surgen en dos frentes: la cultura Cholo de Los Ángeles en los años 40, con referentes como Chaz Bojórquez, y la escena urbana de Filadelfia y Nueva York en los 60s y 70s. Lo de Los Ángeles merece capítulo aparte, del que escribiré pronto.

Cornbread inaugura el graffiti de firma: un grito gráfico de existencia en el espacio urbano. TAKI 183 sistematiza el graffiti writing territorial: nombre + número de calle, creando un formato replicable y absolutamente viral. Ambos reconfiguran el acto de escribir en la ciudad como movimiento: repetición, identidad y ocupación del espacio. El trazo se vuelve cultura. La firma, presencia. El graffiti moderno, pura calle.

Cornbread el tag que encendió la chispa.
Cornbread, nacido Darryl McCray en Filadelfia a mediados de los años 60, es considerado el primer tagger reconocido en la historia del graffiti. Su impulso no fue territorial ni decorativo, sino profundamente personal.
El apodo nació en una correccional juvenil, donde McCray insistía en que le sirvieran pan de maíz (cornbread) en lugar del pan blanco institucional. El cocinero, harto de sus exigencias, lo bautizó así a modo de burla.
McCray comenzó a escribirlo en las paredes de su dormitorio, y al salir en libertad, se enamoró de una chica llamada Cynthia. Su obsesión gráfica escaló: Cornbread loves Cynthia apareció por toda la ciudad. Era una forma de existir gráficamente, de afirmar presencia en un entorno que lo invisibilizaba.
El mito urbano que lo consagró —taggear Cornbread Lives en 1971 sobre un elefante del zoológico tras un rumor de su muerte— resume su gesto: el graffiti como testimonio, como prueba de vida. Su estilo directo y repetitivo sembró el germen del getting up: la urgencia de aparecer, de poner tu nombre en los muros de la ciudad.
Getting up = es el acto de aparecer gráficamente constantemente, repetidamente, para propagar tu nombre y afirmar presencia en el espacio urbano.

La firma que popularizó el tag: TAKI 183
TAKI 183, adolescente de ascendencia griega que vivía en la calle 183 del norte de Harlem, inició la masificación del tag en Nueva York a principios de los años 70.
Su fórmula —nombre + número de calle— se volvió replicable, viral, casi un código postal gráfico. El 183 provenía de la calle donde vivía y marcaba el territorio rotundamente.
Comenzó taggeando en las estaciones y en el tren que tomaba a diario para ir a la secundaria en Manhattan. Luego, al trabajar como repartidor de cosméticos, amplió su cobertura a zonas más residenciales. Taggeaba con marcador en vagones, estaciones, farolas, buzones.
Su notoriedad explotó tras un artículo en The New York Times que lo convirtió en leyenda urbana: “TAKI 183 Spawns Pen Pals”.
Decenas lo imitaron: Joe 182, Barbara 62, Frank 207. TAKI no solo firmaba, sistematizaba. Su gesto configuró el ADN del graffiti moderno: identidad, repetición, estrategia.
Si Cornbread fue el grito, TAKI fue quien lo popularizó.

De los pioneros a Corpz 187
Han pasado casi 30 años desde que escribí por primera vez Corpz en una pared, y más de 20 desde que incorporé el 187 a mi tag. Mantener el propósito de la vigencia —perpetuar mi presencia en todas partes, ya sea taggeando o aplicándolo en stickers (stickerbomb)— es mi homenaje personal a dos leyendas que cambiaron radicalmente el panorama gráfico de la estética del espacio urbano.
Mi nombre real se fue evaporando con los años.
Hoy soy Corpz. Corpz 187 cuando aparezco en algún rincón de la ciudad.
Mi tag ya no es un apodo ni un nombre artístico. Me trasciende: es legado.

